Por: Bryan Andrade Chilian/ bchilian@gmail.com
Una larga fila a las afueras del teatro de la Casa de la Cultura Altamira resultó prueba fehaciente de lo esperado que había sido la presentación de la obra de teatro ‘Mírame; Opera Pop’ a cargo del colectivo De Cierto Azul y bajo la dirección de Carlos Jiménez e Isaac Aguirre. El público se dio cita la tarde del 23 de marzo, alrededor de las 6:30 de la tarde, en un ambiente que pronto fue inundado de murmullos, gritos y risas de jóvenes, niños y adultos que esperaban impacientes se consumieran los minutos previos a la función.
El recinto abrió sus puertas a las siete de la noche y uno a uno los invitados fueron recibidos por Ramón Verdugo, co-director del tercer Festival de Tijuana Hace Teatro, del cual la obra formó parte. Aquella sala permanecía a media luz. Los exaltados invitados comenzaron a ocupar las primeras butacas después de una ruidosa procesión, producto del contacto del calzado con la vieja y polvorienta duela. De frente, el escenario lucía desnudo, desprovisto del clásico telón rojo característico de los teatros. En su lugar se encontraba una improvisada escenografía en representación de una ciudad. La ventanas, los semáforos y los arboles brillaban en la oscuridad, cual luciérnagas en la noche ajenas a este tiempo.
El brillo del escenario es complementado con el flash de algunas cámaras. Pequeñas pantallas entorpecen la vista de algunos y capturan recuerdos de otros. La gente aun se mueve, tan inestables como algunas butacas que se han despegado del suelo. El bullicio es intervenido por a la voz tímida de –primera llamada-. Cinco minutos después la voz se dejó escuchar de nuevo, anunciado la segunda y profetizando la tercera. Música clásica de carácter fantástico, como en los desfiles de Disneylandia, inunda el lugar y deja en segundo plano el rechinar de las butacas.
Dos minutos han sido suficientes para que la profecía se vuelva realidad, llega la tercera llamada y las puertas son cerradas bajo el resguardo de un joven de mochila roja y camisa a cuadros. La obscuridad llena el lugar durante unos segundos, para dar paso al primer actor. El escenario se enciende, el joven de camisa a cuadros sube al escenario directamente del público y comienza con su presentación, relatando una historia fantástica en la que explica como él y sus compañeros viajaron al pasado para situarse en alguna ciudad mexicana durante los años 80’s. Inevitablemente se lleva consigo al público.
Los arreglos musicales, a cargo de la Orquesta Nacional México, marcan los tiempos. Ingresan entonces dos, tres, cuatro actores, todos bailando al ritmo del pop mexicano ochentero. La música sigue y ya son once en el escenario y unos cien entre el público. Adolescentes maquillados y coloridos danzan en el escenario, moviendo sus cabelleras desenfadadas y accesorios propios de la época Timbiriche. Cada uno de los personajes de aquella opera pop justifican su viaje en el tiempo, enumerando quejas sobre los adultos y las restricciones de un tiempo ya futuro. Continúa entonces la danza, de un lado a otro, coordinados y en grupo, jugueteando entre la tambaleante escenografía.
Hoy tengo que decirte papá, de Timbiriche, es coreada por los actores en un playback bien ejecutado. Le sigue mágico amor, de la misma agrupación, al tiempo que es seguida por algunos de los espectadores adultos. Del amor se llega al desamor al interpretarse con todos menos conmigo. Al final del acto hace aparición una primera ronda de aplausos, para después dar paso a si no es ahora, también de Timbiriche pero esta vez coreada por un número mayor de personas. Las butacas se convertían así en un escenario anónimo en la oscuridad.
La función continúa con besos de ceniza a la vez que dos actrices discuten en el escenario por el amor del joven de camisa a cuadros. Soy un desastre es coreada también, resumiendo la posición en la que aquel joven quedara después de separarse de su amor. Llega entonces otro ciclo de aplausos, chiflidos y gritos. Momentos después los actores corren, vuelan y se aceleran a un final ya esperado, reflejo de la problemática desarrollada en el escenario. Los éxitos de Timbiriche se conjugan en tiempo presente durante un pequeño lapso de tiempo al interior del teatro. Regresan una vez más los aplausos y las fotos.
La atmosfera comienza a regresar a su estado original. Faltando 20 minutos para las ocho, el elenco inicia su despedida. El público pide –otra- y –otra- a la par de un niño que baila sin preocupaciones entre las butacas, imitando movimientos de la función. Se observan ya manos al aire haciendo señas de apoyo, probablemente extremidades de madres y familiares orgullosos de la presentación de sus hijos, parientes o amigos. La despedida tarda cinco minutos al coro de una última canción, también de Timbiriche. Regresan las luces a la par de la realidad. El paso de quienes lentamente abandonan la sala se vuelve pequeño en contraste con el paso gigantesco que se dio en el tiempo. Aquella opera pop había demostrado en tan sólo 40 minutos que la vida es mejor cantando.
Pidieron miradas y recibieron aplausos.
jueves, junio 03, 2010
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